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Las 10 Claves del Éxito del Judaismo

Rab Isaac A. Sacca


Un tema de gran interés y utilidad para todos es el que hace a la obtención de éxito en nuestros proyectos y en nuestra vida. Para ello vamos a basarnos en las diez claves extractadas de un libro llamado 'Mishlé' (Proverbios), escrito por el Rey Salomón.
Premio a la elección

El Rey Salomón fue hijo del Rey David y, según nos relata la Biblia, Dios le ofreció a Salomón elegir entre la riqueza y la sabiduría. Y él eligió la sabiduría. Por saber elegir, Dios lo premió dándole además de la sabiduría, también la riqueza y el poder.

Todos nuestros sabios han sido muy receptivos a las ideas y conceptos del Rey Salomón, un rey sabio y justo. Éste nos ha transmitido las claves para asegurar el éxito en todos nuestros proyectos. De algunas de ellas nos ocuparemos aquí, sintéticamente.
El buen consejo

Muchas veces oímos de jóvenes que dicen que les basta con un buen consejo; sin embargo, lo primero que advertimos es que suelen tomar como referencia las palabras de apoyo y estímulo -o las de consuelo. Debemos distinguir entre los consejos y los consuelos. Porque con las expresiones de consuelo de los amigos suele acontecer algo análogo a lo que sucede con las aspirinas: nos calman el dolor pero no son suficientes para que no volvamos a caer en el mismo error.

Por ello es útil precisar que el Rey Salomón no escribió meras fórmulas de consuelo sino que ha dejado consejos para actuar en la vida. Muchas veces lo que necesitamos para dar cauce a nuestras inquietudes, más que filosofía profunda es que nos hagan ver cómo aprovechamos mejor nuestras cualidades intrínsecas o cómo debemos actuar ante o cual situación de vida. Y este rey sabio nos hizo reparar en esas mundanales pequeñas cosas de la vida.

Valorar a tiempo

Un punto a considerar es el de los sentimientos a destiempo. Ocurre muchas veces que se no valora lo que se tiene, y sólo al perderlo nos damos cuenta -tarde- de cuánto se nos ha ido. Son muchos los casos de personas que le dieron importancia, por ejemplo, a su padre o a su madre, sólo después que los perdieron.

Hay cosas maravillosas en la vida, que nos acostumbramos a tener con nosotros y que por eso no sabemos valorarlas en su justa dimensión. Y cuando nos damos cuenta, como en los casos de la pérdida de los padres, lo que surge es el remordimiento de conciencia por haberlo hecho a destiempo.

Por ello es recomendable darse siempre el tiempo necesario para estar junto al padre y a la madre. Entonces, si alguien les advierte a estas personas -en vida de sus padres- de lo maravilloso que es disfrutar la rutina junto a ellos, tal vez estén a tiempo de poder darse cuenta de lo que tienen. De allí la utilidad de estos consejos.

Así, es fundamental tomar conciencia a tiempo. Shlomó ha Melej (El Rey Salomón) no introdujo conceptos innovadores sino que remarcó ciertos aspectos que todos evaluamos como buenos, pero a los que muchas veces no damos la importancia que tienen.

Fundamentos

El tema del matrimonio es uno con los que constantemente los rabinos debemos trabajar. Los jóvenes tienen muchas veces premura por concretar su relación en el casamiento y eso está bien. Pero también debe evaluarse, antes del casamiento, si existen los fundamentos para la sólida unión. Aquí podemos incluso citar al Rambam (Maimónides: 1135/1204) quien sostuvo que para casarse el hombre tiene la obligación de tener una casa y un trabajo. Para construir esa sólida unión es indispensable que exista el techo donde cobijar a ambos.

En términos modernos no quiere decir que necesariamente se trate de una casa propia, puede ser alquilada. Pero debe haber un lugar donde vivir, como debe también el hombre tener un trabajo. Si el hombre no tiene ocupación, mal puede construir un matrimonio en armonía. La construcción de un matrimonio es en sí misma analogable a la de una casa: se ponen ladrillos en la edificación. También para casarse es necesario programar cada paso a efectuar.

Hay algo en que insistimos permanentemente a los futuros contrayentes, pidiéndoles que lo tengan bien grabado en sus mentes: no sólo hay preparativos para la noche de boda con el paso por la jupá y la fiesta en el salón; la preparación debe incluir lo que viene después, la vida en matrimonio. Y esta preparación -o programación- significa que debemos saber qué es lo que queremos construir. Sólo entonces sabremos dónde 'vamos a poner cada ladrillo'.

Hay jóvenes que piensan que al casarse reciben la ayuda de Dios que todo soluciona. Pero el Rey Salomón ya advirtió que si bien Dios les da la Berajá (Bendición), les ayuda sólo si ellos mismos se ayudan.

Por ello le insisto a los jóvenes que aisten a mis charlas o que me consultan, que no pueden imitar la actitud de quien se lanza a la deriva de los mares pensando que ya les caerá del cielo un salvavidas y un bote. Básicamente porque no se puede ir al matrimonio con el peligro de caer en el naufragio. Debemos primero ayudarnos nosotros mismos, programando y previendo cómo y cuándo casarnos; entonces tendremos también la ayuda de Dios.

Los proyectos

Pero uno no se puede entregar a un proyecto tan importante como es el matrimonio, estando a la deriva.

Si él no tiene, por lo menos que ella tenga donde vivir. Así como cuando alguien se va a inscribir en una Facultad para seguir estudios superiores y proyecta los tiempos en que dará cada materia y su futuro profesional, así debe también tener un proyecto en la vida. Cada año, cada mes, cada semana, cada día debemos tener un proyecto por ejecutar. Aun así, muchas veces tenemos inconvenientes para llevarlos a cabo. Pero al estar preparados para enfrentarnos con esa situación, la cosa adquiere otro cariz.

Ante la adversidad, si no estamos preparados es seguro que marchamos al fracaso. Pero si en cambio estamos preparados, aun cuando tengamos un poderoso enemigo, vamos a poder desplegar distintas alternativas de combate.

En todo caso, el margen de error y la posibilidad de fracaso serán menores si antes esa persona había preparado diversas estrategias.

Cómo prepararse

En ocasiones los jóvenes nos piden ejemplos de estos postulados y preguntan en qué consiste estar preparados. Y bien, un ejemplo elocuente es el de una chica judía observante que sale con un muchacho, que entiende que está enamorada de él y piensa en casarse pero cuyos mutuos proyectos no sólo no coinciden, apenas tienen puntos de encuentro.

Y esto es algo que puede advertirse desde el principio. Porque, por ejemplo, ella cuida la kashrut y en las salidas que hacen, cuando van al restorán él desatiende ese aspecto; o él no guarda el shabat, etcétera.

Enamorarse de alguien que no coincide con sus proyectos, es ya un problema. Por eso hay que plantearse a tiempo: para qué seguir saliendo con alguien que está 'en otro mundo' y no respeta ni le interesa el nuestro. Hay otros casos en que quizá no sea tan pronunciada la diferencia de proyectos, y sea más exigente la evaluación. Pero debemos siempre hacer una estimación de los alcances de la relación y para eso lo primero es conocer nuestro propio proyecto de vida. Siempre tenemos que analizar cada paso futuro y evaluar los efectos y consecuencias que éste tenga. Sólo así podremos prepararnos eficientemente.

La edad

Para el judaísmo el hombre debe por lo menos haber llegado a los 18 años de edad para casarse.

Porque sólo entonces el joven tiene ya la experiencia como para considerarse un hombre. Y es el tiempo en que, por lo general, empieza a pensar en su futuro.

En la temprana juventud se cambia muy pronto de idea como se cambia de gustos. Tenemos hoy en día jóvenes que pasan raudamente de ideas políticas socialistas -por ejemplo- a ideas totalmente opuestas, como también cambian sus preferencias: si hasta ayer las preferían rubias ahora las prefieren morochas.

Por supuesto que después van a seguir operándose cambios en el joven adulto, pero hay aspectos fundamentales en la vida que ya se constituyen entre los 18 y los 20 años de edad. Se conforma entonces la personalidad definitiva y podemos tener un esquema y una misión de lo que queremos hacer. Por ello los muchachos deben tener la capacidad de analizar y de preguntarse, ante la primera chica que se les aparece, de dónde viene y a dónde va. Del mismo modo las chicas respecto del muchacho, como en el ejemplo que brindamos más arriba.

Los parámetros

Es importante reconocer que toda elección implica el uso de ciertos parámetros. Los que se emplean según sean los valores y la personalidad de quien elige. Hay muchachos que, por dar otro ejemplo elocuente, se fijan si una chica mide un metro con setenta; caso contrario no les interesa. Hay otros que se preocupan primero si la chica que les van a presentar es judía. En el primer caso, se sitúan muchos judíos asimilados. Para éstos, que suelen no tener demasiado conocimiento del judaísmo, casarse con una no-judía no será un problema porque son otros sus parámetros. Pero para el del segundo caso, que es el de un muchacho judío orgulloso de su identidad, ese aspecto es fundamental. Para él sí ha de ser un parámetro a tener en cuenta. Cada uno tiene que tener en claro antes, que es lo que desea para sí y cuáles son sus parámetros de elección.

Esquivando la responsabilidad

Muchos jóvenes plantean el tema de la convivencia prematrimonial, como paso para adquirir un conocimiento previo del otro y poder llevar a cabo una evaluación de las posibilidades -de éxito o fracaso- que esa boda tendría.

Tienen así una convivencia, viven juntos tres días a la semana o más, cada uno hace sus aportes y se comparten vivencias y situaciones. Pero eso no tiene mucho que ver ni con la vida matrimonial ni con la conformación de un hogar.

Porque no debemos obviar que el matrimonio implica varias cosas, pero fundamentalmente responsabilidad y compromiso. En cambio, en estas formas sui generis de convivencia, sólo toman la parte divertida que hay en el matrimonio y se prescinde del compromiso que es la conformación del hogar, hijos mediante. Por lo tanto es un autoengaño de ambos.

De ahí viene el fracaso de muchas parejas que convivieron antes, pero que cuando se casan y tienen hijos reniegan del matrimonio. Porque en aquella etapa previa no había hijos para criar ni demasiadas responsabilidades que compartir. Entonces ya no son los días de la pareja que convivía alegremente sin ningún tipo de compromiso efectivo. Y todo se malogra.

Misión del Judaísmo

Sucede a veces que un muchacho conoce a una chica en una discoteca o en la calle, y que la relación puede tener después un buen cariz. Pero lo más frecuente es que tras conocerse en una agitada noche de baile en la discoteca, salen tres o cuatro veces y pronto se dan cuenta que no tienen demasiado en común.

Por eso el judaísmo considera importante saber de dónde viene cada cual. Tanto el muchacho como la chica deben tener amigos, parientes, conocidos que brinden referencias sobre la persona a conocer. Por ello es preferible que se conozcan en un moadón judío o bien que sean presentados por terceros que conocen los antecedentes de quien presentan. Si para darle trabajo en la casa a una empleada doméstica, pedimos referencias, cómo no hacerlo entonces cuando se trata de una chica con la que pretendemos encarar un proyecto serio.

No tenemos que exagerar pero debemos prevenirnos de la improvisación. Hablamos de planificar de acuerdo al sentido que cada uno dé a su vida y entendemos que para los judíos formar una familia que respeta la cadena de la continuidad es algo esencial. Es una misión del judaísmo.

Como señalamos, el judaísmo considera que si uno mismo no se ayuda, Dios no lo va a ayudar. Por lo tanto, hay que estar preparado para cada una de las etapas de la vida y la del matrimonio es una etapa muy importante en la vida de hombres y mujeres.

El peso de la realidad

Además del proyecto con nuestros anhelos y la posibilidad de efectivizarlos, debemos siempre tener en cuenta la realidad. Los dos aspectos con los que tenemos que actuar en la vida son, precisamente: nuestros proyectos y la realidad. Por ello es importante atender también cuál es el entorno en el que nos movemos. Y conocer bien el contexto como las posibilidades que éste nos brinda. No debemos estar pensando en enamorar príncipes -o princesas- si vivimos en ámbitos totalmente distantes de los mismos. Debemos siempre atender el medio en el que estamos y buscar un conocimiento de la realidad tal cual es, y no como deseamos que fuese.

Los miedos

El miedo tiene una función muy útil. Si por ejemplo, no tuviéramos miedo frente a un león, éste nos comería. Dios le dio el miedo al hombre para permitirle evaluar los peligros y proyectar las soluciones. El miedo nos hará, por ejemplo, escondernos del león. Y escaparemos así del peligro. Pero el miedo es también en la vida cotidiana una señal de alarma frente a diversas situaciones. Es el primer paso para ensayar una solución. Es allí que comenzamos a prepararnos.
No hay que tener miedos previos, si hay dificultades tenemos que enfrentarlas. Hay que transformar los conflictos para poder seguir adelante.

La acción

Si nos preparamos para un examen en la Facultad, nuestro examen seguramente será mejor rendido que si no nos hubiéramos preparado; lo mismo, para tener una casa hay que planificar antes de construir y por ello hablamos con tanto énfasis del proyecto de vida. Pero lo decisivo es la acción, la que consiste en la ejecución de estos proyectos. Si por ejemplo, una mujer lee muchos libros de cocina pero no entra nunca a la cocina, no aprenderá a hacer un huevo frito. Por eso, dice muy bien la Guemará (el Talmud) que 'lo principal no es la charla ni la preparación sino la acción'.

La cautela

Uno de los consejos que nos da el Rey Salomón, es que debemos ser cautos y moderados, incluso en la piedad y en la bondad. Debemos ser piadosos pero no demasiado; debemos ser generosos, pero no exageradamente. Así, en este ritmo frenético que se vive en nuestros días, para muchos matrimonios es muy importante poder estar juntos e ir a pasear por tres a cuatro horas, dejando en alguna ocasión a sus chicos al cuidado de alguien. Pero no lo hacen por sobreprotección: 'pobrecito -suelen decir- cómo dejarlo ... qué hará sin nosotros' y muchas veces esto es dañino para la pareja. Generalmente nace de un sentimiento de culpa que es producto de un mal entendido ejercicio de la bondad.

Amor de madre

Muchas veces el amor de la mujer a su hijo es precisamente porque el niño es suyo y no un niño cualquiera. Es decir que, junto a un sentimiento muy noble aparece también el sentimiento posesivo: es el mío.

Por eso, es útil que pueda también entender que si quiere tanto lo suyo debe también quererse a sí misma y comprender sus necesidades. Una de estas necesidades que suele postergar por el citado sentimiento de culpa, es la de darse tiempo para una charla y un paseo con su marido.

Como a ti mismo

El hombre que es bondadoso consigo mismo, ése ha de ser buena persona dado que tiene la posibilidad de ser bondadoso con los demás.

No nos olvidemos que está escrito en la Torá: 'amarás a tu prójimo como a ti mismo'. Esto quiere decir que sólo quien se ama puede a su vez amar a los demás.

Por ello hay muchos factores que debemos tener en cuenta. Quien es desordenado, no se cuida, no se asea y no se viste bien, seguramente aparte de no respetarse a si mismo tampoco respetará al prójimo.

Otro problema es el de la avaricia, entroncado con la mezquindad. Tenemos aquí una conocida metáfora:

aquel hombre que no come huevo para no tirar la cáscara. Todos los días se alimenta sólo con pan y una feta de queso. Llega un día en que un mendigo golpea a su puerta. Lo atiende y le pregunta qué desea: el mendigo le pide ayuda, explicándole que sólo come pan y queso desde hace varios días. ¿Y qué hace este señor? Le dice que también él come lo mismo, al tiempo que le cierra la puerta en la cara. Como es un señor que no tiene amor propio y es cruel consigo mismo, es también cruel con los demás.

Fijación de límites

También es importante que tengamos siempre presentes los límites de las cosas. Está el caso de un señor que consentía mucho a su hijo, especialmente con sus juegos. Una tarde el matrimonio fue a visitar un importante museo judío en Israel y el chico hasta colocó sus juguetes sobre reliquias históricas. No le fue posible poder en esa situación colocar un límite a los juegos de su hijo, porque nunca antes el chico conoció limitación a sus travesuras. Poner límites es también un proceso que lleva tiempo. Y aunque al hacerlo parezcamos menos buenos, ya sabemos que el sabio Rey Salomón aconsejó cautela y que aun en la bondad no seamos totalmente buenos. Por otra parte, sólo así se logrará -en el caso del ejemplo- una mejor educación para los hijos, lo cual es ya un bien mayor.

El mensaje del judaísmo

Cuando uno se siente mal físicamente busca la solución en el remedio o en el descanso; y cuando se siente mal anímicamente debe también buscar un descanso. O algo que lo renueve y estimule. Por eso es importante saber postergar, a veces, las exigentes demandas de nuestros hijos. Cuando un auténtico conflicto nos exige una pausa, debemos salir con amigos o escuchar música o buscar alguna otra forma de distensión.

El mensaje del judaísmo es tratar de estar bien, si no nada de lo que hagamos tendrá sentido. Sólo si pensamos en nuestro propio bien, vamos a estar bien nosotros y vamos a poder pensar en el bien de los demás. Hay entonces que tomar como punto de partida que no debemos ser demasiado buenos, el perfeccionismo es también negativo. Frente a quien sufre porque las cosas le salieron bien pero no demasiado bien, le dice la Torá: 'No te alarmes por eso'.

Hay personas que cuando las cosas no les salieron como lo habían pensado, sufren un gran dolor y una gran angustia. Este consejo hay que complementarlo con el que diéramos al comienzo de este tema: debemos tratar de perfeccionarnos antes de proyectar, pero cuando lo hemos concretado no debemos ser obsesivamente exigentes con nosotros, porque en vez de disfrutar lo hecho lo sufriremos y nos angustiaremos. Para el judaísmo, no hay que llorar después sino antes. Hay que aceptar lo conseguido porque sino se va a vivir con un constante sentimiento de desazón.

 

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